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El Plan de Salvación

En la existencia preterrenal, nuestro Padre Celestial presentó un plan para permitirnos llegar a ser como Él, y obtener la inmortalidad y la vida eterna (véase Moisés 1:39). En las Escrituras se hace referencia a este plan como el plan de salvación, el gran plan de felicidad, el plan de redención y el plan de misericordia.

El Plan de Salvación comprende la Creación, la Caída, la expiación de Jesucristo y todas las leyes, ordenanzas y doctrinas del Evangelio. El albedrío moral, que es la capacidad de escoger y actuar por nosotros mismos, es también esencial en el plan de nuestro Padre Celestial (véase2 Nefi 2:27). Gracias a este plan, podemos ser perfeccionados por medio de la Expiación, recibir una plenitud de gozo y vivir para siempre en la presencia de Dios (véase 3 Nefi 12:48). Nuestros vínculos familiares pueden perdurar por las eternidades.

Referencias afines: Juan 17:3D. y C. 58:27.

La vida preterrenal

Antes de nacer en la tierra, vivíamos en la presencia de nuestro Padre Celestial por ser Sus hijos procreados como espíritus (véase Abraham 3:22–23). En esa existencia preterrenal, participamos en un concilio junto con los demás hijos espirituales de nuestro Padre Celestial. En ese concilio, el Padre Celestial presentó Su plan y Jesucristo hizo convenio en la vida preterrenal de ser el Salvador.

Nosotros usamos nuestro albedrío para seguir el plan de nuestro Padre Celestial y nos preparamos para venir a la tierra, donde podríamos seguir progresando.

A quienes siguieron a nuestro Padre Celestial y a Jesucristo se les permitió venir a la tierra para experimentar la vida terrenal y progresar hacia la vida eterna. Lucifer, otro hijo espiritual de Dios, se rebeló contra el plan y llegó a ser Satanás. Él y sus seguidores fueron expulsados del cielo y se les negaron los privilegios de recibir un cuerpo físico y de experimentar la vida terrenal.

Referencias afines: Jeremías 1:4–5.

La Creación

Jesucristo creó los cielos y la tierra bajo la dirección del Padre. La tierra no se creó de la nada, sino que fue organizada de materia que ya existía. Jesucristo ha creado incontables mundos (véase D. y C. 76:22–24).

La creación de la tierra fue una parte esencial del plan de Dios, ya que proporcionó un lugar en el que podríamos obtener un cuerpo físico, ser probados y desarrollar atributos divinos.

Debemos usar los recursos de la tierra con sabiduría, juicio y gratitud (véase D. y C. 78:19).

Adán fue el primer hombre creado sobre la tierra. Dios creó a Adán y a Eva a Su propia imagen. Todos los seres humanos, hombres y mujeres, son creados a imagen de Dios (véase Génesis 1:26–27).

La Caída

En el Jardín de Edén, Dios mandó a Adán y a Eva que no comieran del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal; la consecuencia de hacerlo sería la muerte espiritual y física. La muerte espiritual es la separación de la presencia de Dios, y la muerte física es la separación del espíritu y el cuerpo mortal. Debido a que Adán y Eva transgredieron el mandato de Dios, fueron expulsados de Su presencia y llegaron a ser mortales. A la transgresión de Adán y Eva y a los cambios resultantes que ellos experimentaron, incluidas la muerte espiritual y física, se les llama la Caída.

Como resultado de la Caída, Adán y Eva y su posteridad podrían saber lo que era el gozo y el pesar, conocer el bien y el mal, y tener hijos (véase2 Nefi 2:25 ). Como descendientes de Adán y Eva, heredamos un estado caído en la vida terrenal, en la que estamos separados de la presencia del Señor y sujetos a la muerte física. También se nos prueba con las dificultades de la vida y las tentaciones del adversario (véase Mosíah 3:19).

La Caída es una parte esencial del plan de salvación de nuestro Padre Celestial. La Caída tiene un doble rumbo: hacia abajo, pero también hacia adelante. Además de haber traído la muerte física y la espiritual, nos dio la oportunidad de nacer en la tierra y de aprender y progresar.

La vida terrenal

La vida terrenal o mortal es un tiempo de aprendizaje en el que podemos prepararnos para la vida eterna, y demostrar que usaremos nuestro albedrío para hacer todo lo que el Señor ha mandado. En esta vida terrenal, debemos amar y servir a los demás (véase Mosíah 2:17Moroni 7:45, 47–48).

En la vida terrenal, nuestro espíritu está unido a nuestro cuerpo físico, lo cual nos da oportunidades de progresar y desarrollarnos de modos que no eran posibles en la vida preterrenal. Nuestro cuerpo es una parte importante del Plan de Salvación y debe respetarse como un don de nuestro Padre Celestial (véase 1 Corintios 6:19–20).

Referencias afines: Josué 24:15Mateo 22:36–392 Nefi 28:7–9Alma 41:10D. y C. 58:27.

La vida después de la muerte

Cuando morimos, nuestro espíritu entra en el mundo de los espíritus y espera la resurrección. A los espíritus de los justos se les recibe en un estado de felicidad que se llama paraíso. Muchos de los fieles predicarán el Evangelio a quienes se encuentran en la prisión espiritual.

La prisión espiritual es un lugar provisional en el mundo después de la muerte para quienes fallezcan sin el conocimiento de la verdad y para los que sean desobedientes en la vida terrenal. Allí se les enseña el Evangelio a los espíritus, y tienen la oportunidad de arrepentirse y aceptar las ordenanzas de salvación que se realizan a favor de ellos en los templos (véase 1 Pedro 4:6). Quienes acepten el Evangelio podrán morar en el paraíso hasta la resurrección.

La resurrección es la reunión del cuerpo espiritual con el cuerpo físico de carne y huesos es un estado perfecto (véase Lucas 24:36–39). Después de la resurrección, el espíritu y el cuerpo nunca más se separarán, y seremos inmortales. Toda persona que haya nacido en la tierra resucitará gracias a que Jesucristo venció la muerte (véase 1 Corintios 15:20–22). Los justos resucitarán antes que los inicuos, y saldrán en la Primera Resurrección.

El Juicio final será después de la resurrección y Jesucristo juzgará a cada persona para decidir la gloria eterna que recibirá. Este juicio se basará en la obediencia de cada persona a los mandamientos de Dios (véaseApocalipsis 20:12Mosíah 4:30).

Hay tres reinos de gloria (véase 1 Corintios 15:40–42); el más alto de todos es el reino celestial. Los que sean valientes en el testimonio de Jesús y obedientes a los principios del Evangelio morarán en el reino celestial en la presencia de Dios el Padre y de Su Hijo Jesucristo (véase D. y C. 131:1–4).

El segundo de los tres reinos de gloria es el reino terrestre; los que morarán en este reino serán los hombres y las mujeres honorables de la tierra que no fueron valientes en el testimonio de Jesús.

El reino telestial es el más bajo de los tres reinos de gloria; los que heredarán este reino serán los que hayan elegido la iniquidad en vez de la rectitud durante la vida terrenal. Esas personas recibirán su gloria después de haber sido redimidos de la prisión espiritual.

Referencias afines: Juan 17:3.